Cuando se toman decisiones
testosterónicas como la que ha tomado el Honorable President de les Illes
Balears, Sr Bauçà, se corre el riesgo de que se produzcan efectos colaterales,
o incluso alguno paradójico, sobre el desarrollo de tan desafortunada decisión.
La confraternización, la
solidaridad, el reconocimiento en la sociedad y la respuesta mediática son
algunos de ellos.
Los Hospitales Joan March y
General están perfectamente compenetrados y van al unísono. Son una piña. La
multitud de eventos y actos que están llevando a cabo no hace más que
fomentarlo. Tienen un objetivo común: NO AL TANCAMENT. Incluso recobra sentido
canciones, ya casi olvidadas del año 68, como la mítica “Estaca”:
Si estirem tots, ella caurà
i molt de temps, no pots durar
segur que tomba, tomba, tomba
ben corcada deu ser ja
La solidaridad por parte de los
profesionales que trabajan en otros ámbitos (hospitales de agudos, atención primaria, residencias, etc) pone de
manifiesto a través de sus cartas dirigidas al President, a la Consellera o a
los responsables del Ib-salut, que la decisión tomada ha sido errónea y que, en
lugar de ahorrar costes y reducir el déficit, se va a producir un descalabro
económico difícil de cuantificar.
La sociedad, el ciudadano de a
pie, reconoce la labor que estamos llevando a cabo los hospitales
sociosanitarios y hablan de conceptos como calidad y trato humano que en ellos ofrecemos.
También manifiestan su disconformidad al cierre ya que 45000 firmas recogidas
en 15 días así lo avalan.
Pero el efecto paradójico
producido por todo este maremágnum, es el mejor. Miles de votantes del PP también están
en contra de esta medida, no siendo
pocos los que han verbalizado: “aquest no és el PP que jo vaig votar”.
Gracias President, el efecto
boumerang de su arbitraria decisión, no tardará en asomar por su horizonte a corto-medio plazo.
Me gusta tu blog. Sigue.
ResponderEliminarCAUBET. UNA TRAGEDIA DE CASTAS
Van a cerrar nuestro Hospital para ahorrar dinero: Una burda mentira que no tiene ni pies ni cabeza. Lo van a hacer despacio, con burla y ensañamiento. Lo primero será convertirlo en “El moridero de Bunyola” aglutinando a todos los enfermos paliativos de Mallorca.
El que les escribe está en estado de shock. No solo van a despedir a 60 compañeros, futuros deshauciados dentro de no mucho por no poder pagar sus hipotecas, sino que también van a reubicar a pacientes en sitios mucho peores de los que están y van especular con un edificio y unos terrenos que nos pertenecen a todos.
Estamos viviendo en nuestras carnes una descomunal tragedia. Nuestro Hospital es especial. Casi podemos tocar con la manos la cordillera de tramuntana que nos protege del norte y no dejamos cada dia de asombrarnos de la belleza de nuestra bahía de Palma que se recorta en el inmensidad azul del mar. Puntual, a las once en punto, en la misma latitud, cada dia, a escasos metros de nuestras ventanas, con las alas desplegadas, vuela un águila oteando algún roedor despistado. Cada día, desde el día 30 de Abril, a las ocho en punto, mis pensamientos me llevan a una de las artífices de esta tragedia que se está escribiendo con cincel en nuestros corazones. Me refiero a la consellera Castro. Me la imagino en el aire, tranquila y parapetada detrás de la ventanilla del avión que va de Ibiza – de la que nunca debió salir- a Mallorca, firmando la sentencia que nos ha impuesto Joserra, el brhamana, el gran mutilador. Ya sabíamos de su crueldad, cuando no hace mucho, a sabiendas -como decía Cioran_ de que “no se habita un pais, se habita una lengua” intentó cercenar nuestra lengua sin piedad.
Me nace de las entrañas una insoportable rabia al pensar que para ellos el sitio no importa. Eso los define. Ellos dicen que sólo son edificios. Para ellos es lo mismo que sus súbditos, los parias, sanen o mueran en Son Banya o en Marratxí.
Van a amputarnos a todos los mallorquines -sin anestesia- una parte de nosotros: El Hospital Juan March. Como matarife han escogido a un joven petrero insensible que hace honor a su cuna. Le he visto en un par de ocasiones defender la muerte de nuestro hospital y estoy convencido de que hubiera sido un buen farmacéutico antes de haberse convertido en un mentiroso contable. Sansaloni, el administrador, que tampoco conoce nuestro hospital, sabe que miente cuando dice que se producirá un ahorro de 26 millones.
Hay otros personajes secundarios que aumentan nuestra desazón. En nuestro infinito desconsuelo nos han impuesto a un risueño verdugo que se alimenta con el odio que rebosa de sus tuetanos: El Sr. Pita, nietísimo del que fue ministro de la guerra en tiempos de Franco. A pesar de haber trabajado durante años en este remanso de paz, nadie sabe porqué, lo detesta. Anda, sonrisa en la boca, por los hospitales repartiendo palmaditas y amenazas. Nosotros somos parias. El es el guerrero, el que hace y deshace reuniones, convoca y desconvoca coordinadores y va advirtiendo quien se va a tener que ir y quien tiene posibilidades de traslado.
No hay tragedia sin entierro ni enterrador. Lo sabemos, dentro de no muchas lunas aparecerá el siniestro Moll en escena. Se trata de otro personajillo que probablemente en la edad media no hubiera pasado de ser un excelente pelota y un mal bufón. Nuestro enterrador, un hombrecito gordito y calvito del que se cuenta que, por el bien de la comunidad, sus poluciones nocturnas deberían ser recicladas en la fabrica de productos químicos Cross va a ser el encargado de despedir a todos los interinos y contratados y va a amenazar con un expediente a todos los estatutarios que se nieguen a dejar el sitio de trabajo.
En fin señores les agradezco el pésame. Podríamos seguir con otros actores secundarios como el hijo tonto del fallecido notario que no sabemos que hace, o la directora de gestión de la que desconocemos su cara o del impresentable subdirector cuyo único mérito es ser el no se que de las NNGG del PP. Narcoemilio.
Se ve que al ¿señor? Dr. Pi, no le basta con mantener sus (de todos consabido)escarceos con dras,mientras deja a su señora al cargo de sus hijos (muchos más que la media española podemos permitirnos) que ahora dirigirá una de las mayores masacres sociolaborales en la sanidad. No me extraña le debe venir de casta, y claro debe hacer todo lo necesario para mantener sus posaderas bien calientes y asi poder mantener su fantastica y fabulosa ¿vida?
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